Los anarquistas y la «escoba de hierro» bolchevique

José DE LA COLINA

Volin

En febrero de 1921 vio Moscú la última gran manifestación anarquista. Veinte mil personas, bajo bande­ras negras y pancartas, con lemas contra el Estado bolchevique, desfilaron por las calles nevadas tras el ataúd de Kropotkin, el aristócrata que había desertado de su clase para dedicarse a la idea libertaria. Ante la tumba de Kropotkin, Aaron Baron profirió –cuenta Victor Serge en sus Memorias de un revoluciona­rio–: «despiadadas protestas contra el nuevo despotismo, los verdugos que trabajaban en los sótanos, el deshonor lanzado contra el socialismo, la violencia gubernamental que hollaba la revolución». La prensa europea favorable a los bolcheviques publicó la noticia de la manifestación, con fotos de la misma, como pruebas de que en la flamante patria del proletariado se respetaba a la disidencia y no se reprimía a los anarquistas. Ese pío periodismo omitía, sin embargo, el detalle de que el mismo día los veinte mil mani­festantes habían sido devueltos a las prisiones de donde, por unas horas, Lenin les había permitido salir para que, vigilados de cerca por la policía, rindieran el último homenaje al príncipe ácrata. Con el mismo pudor, esas publicaciones callaron, algún tiempo después, la desaparición, para siempre de Aaron Baron y su mujer Fenia en la red de calabozos de la policía política. Este es sólo un episodio de la historia de la triunfante revolución bolchevique en los días en que, según la doméstica y enérgica expresión de Trotsky, cabeza del Ejército Rojo, se «barría con escoba de hierro» a los anarquistas. Y estos no sólo serían elimi­nados del proyecto de la naciente sociedad socialista mediante el destierro al gulag (pues la cosa ya comen­zaba, aunque sin ese nombre) o la expedita supresión física en un sótano de la policía. Serían ade­más anulados, cuando no infamados, en el texto de la Historia de la revolución rusa escrita desde la fe marxista-leninista. Un ala «crítica» del movimiento marxista mundial suele postular que la revolución bolchevique iba bien hasta que por generación espontánea sobrevino una desviación perversa llamada stalinismo. Jruschov, en el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, hizo es­tremecerse a la Historia denunciando los crímenes –y no sólo errores– del opaco Secretario General (Sta­lin) que había apartado a la revolución comunista de sus prístinos orígenes. Pero, a pesar de esas más o menos autorizadas revisiones del texto único del evangelio marxista-leninista, ya que desde hace algún tiempo se sabe que la «desviación», si eso era, no comenzó con el progreso de Stalin en la estructura bu­rocrática del candorosamente desprevenido Estado de los trabajadores. El totalitarismo bolchevique había comenzado ya desde los primeros años del Estado soviético, es decir con Lenin, Trotsky y sus comisarios. El aniquilamiento de todas las izquierdas que no comulgaran en el proyecto marxista leninista empezó con el alba de la nueva sociedad soviética. Los anarquistas rusos fueron de los primeros en ser barridos con escoba de hierro y calumniados, cuando no silenciados, en el libro bolchevique de la Historia. De ese ruido difamatorio y de ese silencio los rescata el libro de Volin, La revolución desconocida.

Volin su autor, cuyo verdadero nombre era Vásevolod Mijailovich Einembaum, había derivado su seudó­nimo de la voz rusa volia (voluntad). Nacido en 1882 en Vorónezh, en una región de la llamada Gran Ru­sia, era un hijo de campesinos que había estudiado jurisprudencia en Petersburgo y participado como so­cial revolucionario en el inmenso levantamiento anti zarista de 1905. Asistió entonces al nacimiento del primer soviet. Arrestado y enviado a un campo de prisioneros políticos en 1907, logró evadirse y exiliarse en París, donde se unió al movimiento libertario. En 1915, el Gobierno francés durante la represión de las actividades pacifistas, lo apresó e internó en un campo de concentración, donde pretendía tenerlo hasta el final de la guerra. Volin escapó y, alistado en un buque de carga, viajó a los Estados Unidos. En Nueva York se afilió a la federación de uniones de trabajadores rusos y formó parte del cuerpo editorial del perió­dico Golós Trudá (La voz del trabajo). Al iniciarse la revolución en Rusia volvió allí con los redac­tores del periódico que, instalado en Petrogrado, se convertiría en diario tras los acontecimientos de octu­bre de 1917. Tras el tratado de paz de Brest-Litovsk, mediante el cual los bolcheviques toleraban que Ucrania fuera ocupada por alemanes y austriacos, Volin se unió a los guerrilleros ucranianos que intenta­ban expulsar del territorio a las fuerzas extranjeras. Trabajó en los departamentos de educación pública de los soviets de Vorónezh y Yarkov, publicó un gran número de folletos y participó en la organización de la Federación Anarquista de Ucrania. En 1919, cuando comenzó el barrido de organizaciones y periódicos anarquistas, se alistó en el ejército libertario de Majno (la Majnovina), donde prestó servicios de propagan­da y enlace. Fue apresado en 1920 y pasó meses encarcelado en la prisión de Taganka (Moscú), en la cual su vida corría peligro y de donde en 1921 pudo salir a un nuevo exilio gracias a las gestiones de un grupo de anarcosindicalistas que asistían, como observadores, al Congreso de la Internacional Sindical Roja. Este fue su último y más largo exilio. Vivió en Berlín de 1921 a 1924 y, a partir de ese año, en Francia, adonde lo llamó Sebastián Faure para que colaborara en la redacción de la Enciclopedia anarquis­ta. En ese tiempo, mientras llevaba una intensa actividad como conferenciante y periodista, empe­zó a escribir su Revolución desconocida. La ocupación nazi lo obligó a ir de escondite en escondite. El 16 de septiembre de 1945 murió de tuberculosis y fue incinerado en el cementerio del Pere Lachai­se. La revolución desconocida es la obra maestra de Volin, un libro de gran aliento en el que se funden la documentación histórica, la crónica vivida, el relato épico, la crítica de los hechos y una vigorosa denun­cia de la incautación de la revolución rusa por el comunismo autoritario. En el prefacio, Volin escribe: «En este libro, la revolución desconocida es la Revolución rusa, no la que fue muchas veces descrita por políticos o escritores patentados, sino la que fue, por ellos mismos, descuidada o hábilmente velada y aun falsificada. […] Las revoluciones precedentes nos han legado un problema importante, sobre todo las de 1789 y 1917: iniciadas extensamente contra la opresión, animadas por el poderoso aliento de la libertad y proclamando a ésta como fin esencial, ¿por qué degeneraron en una nueva dictadura de otras clases domi­nantes y privilegiadas y en una nueva esclavitud del pueblo? ¿Cuáles serían las condiciones que permiti­rían a una revolución evitar tan deleznable resultado? ¿Sería este fin, todavía por mucho tiempo, una espe­cie de fatalidad histórica o sería el efecto de factores accidentales o sencillamente de errores y faltas que pueden corregirse más adelante? En este último caso, ¿qué medios podrían eliminar el peligro que amenaza ya a las futuras revoluciones? ¿Podría abrigarse alguna esperanza al respecto?». Las preguntas de Volin siguen hoy vigentes a la vista de las revoluciones en el llamado Tercer Mundo. El libro traza los orígenes y el desarrollo de la revolución rusa, y del movimiento libertario en relación con ella, desde 1825 a 1921. De él vamos a reseñar tan sólo dos asuntos esenciales: la insurrección de Cronstadt y el movimien­to comunal y guerrillero de Ucrania agrupado en torno a Néstor Majno.

Cronstadt

El 28 de febrero de 1921, a los pocos días de los funerales de Kropotkin, el gobierno de Moscú enviaba tropas a Petrogrado para reprimir a los obreros que se manifes­taban contra el despotismo de los comisarios bolcheviques. En esos días, las tripulaciones de la flota de guerra roja, surta en Cronstadt, declaraban, con el apoyo de la población civil, su solidaridad con los obre­ros de Petrogrado, y adoptaban una resolución en la que pedían la reelección de los soviets mediante voto secreto, el restablecimiento de la libertad de reunión y propaganda para todos los trabajadores y todas las tendencias políticas de izquierda, la liberación de los presos políticos, la abolición de la comisariocracia bolchevique, la justa distribución de recursos vitales sin privilegios a los carnets comunistas, etc. Así comen­zó pacíficamente el movimiento de Cronstadt. La respuesta que en los días siguientes darían Lenin y Trotsky sería el hostigamiento a esa población, una campaña de difamación de los «insurrectos» a tra­vés de todos los medios de comunicación y, finalmente, el ultimátum, el ataque militar y una implacable represión. Bajo la dirección de Lenin y Trotsky, no de Stalin (que aún progresaba en la oscuridad), los comisarios políticos conminaban por la radio a los marineros de Cronstadt (a quienes no hacía mucho ha­bían proclamado como grandes héroes de los primeros asaltos contra el zarismo): «Ríndanse o serán acri­billados como perdices». La metáfora venatoria fue traducida a fusilamientos en masa, en los que perecie­ron no pocos libertarios. La insurrección de Cronstadt, en la que participaron hombres de muy diversas tendencias, e incluso comunistas, no era en conjunto una rebelión anarquista, aunque estos intervinieron intensamente en ella. Igual que en Petrogrado, en Cronstadt se había pretendido aplicar realmente, desde las bases laborales, desde las tripulaciones de la armada roja, el principio de los soviets entendidos como organizaciones genuinamente representantes de las necesidades y la voluntad de las masas. ¿Acaso Lenin no había dicho: «Todo el poder a los soviets»? La represión del movimiento realmente soviético de Cronstadt reveló que la consigna bolchevique era implícitamente muy otra: «Todos los soviets bajo el po­der de un solo partido». El monolito social, político, totalitario, ya estaba concretado entonces.

Ucrania y Majno

Una gran parte de la sección final del libro de Volin está destinada a narrar y documentar el movimiento conocido como la Majnovina, que surgió en Ucrania en torno al ejército guerrillero de Néstor Majno. Lo ejemplar de esta parte de la Historia silenciada por el discurso bolchevique reside en que dentro de una enorme zona del territorio que hoy conocemos como la Unión Soviética logró constituirse durante los años 1917-1921 un sistema económico y social de comunidades libertarias que lograron resistir tanto a los restos del viejo poder de hacendados y atamanes como a los ocupantes alemanes y austriacos (admitidos por los bolcheviques en el pacto de Brest-Litovsk) y finalmente al Ejército Rojo cuando éste era ya pode­roso instrumento del totalitarismo comunista).

Néstor Majno

Ucrania siempre había resistido, bajo el zarismo, a la «panrusificación». En torno a Majno, Ucrania resis­tiría ahora a la hegemonía bolchevique. Hijo de pequeños campesinos ucranianos, Néstor Majno (1892-1935), ganado desde la adolescencia por las ideas libertarias, combatió el orden zarista y participó en el movimiento de 1905. Condenado a muerte en 1908, su pena fue conmutada por la de prisión de donde la insurrección de marzo de 1917 lo liberó. En su aldea natal, Gulai-Pole, reorganizó a los anarquistas, muy arraigados en la población rural, y propició la formación de soviets campesinos de un modo comunista-anarquista: no como meros aparatos de poder vertical, sino como asociaciones libres y auténticos órganos de autogestión laboral, económica y social. Tras la caída del gobierno de Kerenski, en la primavera de 1918, Majno visitó en Moscú a Kropotkin, a quien Lenin, cortésmente, había dejado en libertad pero prácticamente aislado. El anciano príncipe anarquista oyó el proyecto de una revolución libertaria en Ucrania y respondió: «Eso, compañero, traerá grandes riesgos para tu vida y sólo tú puedes decidir». De retorno a Ucrania, Majno, un genio intuitivo de la guerra de guerrillas, opuso sus combatientes campesi­nos a las fuerzas regulares austro alemanas y del atamán Skoropadsky, que colabora con ellas. Cuando los imperios centrales se hundieron y sus tropas se retiraron de Ucrania, el Ejército Rojo sólo debía combatir contra el atamán Petliura, pero necesitaba de la ayuda de Majno para lograr la victoria. Después de ésta, los bolcheviques tomaron una buena parte del territorio, pero la región de Gulai-Pole escapó a su poder. Allí se hallaban 25.000 hombres bajo la bandera negra anarquista, reunidos en el Ejército Revoluciona­rio Insurreccional dirigido por Majno, y al cual se unían, en los lapsos entre las labores agrícolas, los campesinos del lugar, que habían conservado siempre la nostalgia de la Voltniza, la vida comunitaria li­bre, prefigurada en un mítico pasado, y querían una organización social elegida desde la base, desde las comunidades, no desde los comisarios y los partidos.

La Majnovina

Esa tendencia autonomista, comunitaria, libre, sólo podía chocar con el poder centralizador bolchevique. Pero por lo pronto, el Ejército Rojo pactó con el jefe guerrillero, porque una amenaza distinta se cernía en el sudeste de Ucrania: el general Denikin con su ejército blanco. Majno los combatió sobre un frente de cien kilómetros y con su caballería de una gran movilidad, que desaparecía repentinamente delante del enemigo para reaparecer horas después a su espalda, los hizo retirarse a su base de partida. En marzo de 1919, el Ejército Rojo llegó a un acuerdo con las fuerzas de Majno. Kamenev mismo lo firmó como dele­gado plenipotenciario del gobierno bolchevique y, abrazando al jefe anarquista, le prometió que serían respetados las comunidades ucranianas, lo mismo que su ejército guerrillero y sus banderas negras. «Los bolcheviques –prometió– hablaremos siempre con los majnovistas la lengua común de los revoluciona­rios». Lo que había tras esas promesas no tardó en aparecer. Cuando los blancos emprendieron una ofen­siva contra Majno, Trotsky, considerando que era el momento decisivo de «barrer con escoba de hierro» a los libertarios ucranianos, movilizó también contra estos el Ejército Rojo. Tomado entre dos fuegos, Majno se retiró de la zona de combate y el Ejército Rojo se vio solo ante los blancos, que le infringieron una derrota y reconquistaron el terreno. Los bolcheviques comprendieron demasiado tarde lo que les cos­taba no contar con Majno. Este reaparece con sus fuerzas intactas a finales de noviembre (1919) y en una fulminante serie de encuentros y batallas, acaba con el ejército de Denikin y recobra todo el sur de Ucra­nia hasta el mar de Azov. De hecho, con esta torrencial acción, Majno había salvado a la revolución de Octubre, porque los blancos habrían podido proseguir su marcha triunfal hasta Moscú. Fortalecido por el nuevo triunfo, Majno podía haber constituido un poderoso ejército: tenía consigo a toda Ucrania. Pero en ese preciso momento el ácrata predominó sobre el guerrero y, abandonando parcialmente el movimiento militar, se dedicó a la propaganda social, a la formación de soviets libertarios. El Comité Central Bolche­vique le propone una nueva alianza cuando las tropas del blanco Wrangel llegan a las puertas de Yekateri­noslav. Y una vez que los majnovistas, en otra ofensiva relámpago, rechazaron a Wrangel hasta Crimea, limpiando prácticamente a Ucrania de esa amenaza, Lenin, decidido a empuñar la escoba de hierro ofre­cida por Trotsky, envía a Rakoski, presidente del Consejo de los Comisarios del Pueblo por Ucrania, ór­denes formales de aprovechar el cansancio de las tropas majnovianas para detener a sus componentes y juzgarlos como criminales del derecho común. Desgastados por tantos combates, los majnovistas se reti­ran hacia el este y pierden sus bases en Ucrania. Dos divisiones cosacas del Ejército Rojo les darán el golpe de gracia. El 22 de agosto de 1921, Majno mismo es gravemente herido de bala en la cabeza. Con unos cuantos hombres logra pasar a Rumania, luego a Polonia y a Dantzig, donde lo encarcelan y se fuga, y finalmente a París, donde vivirá de un modesto trabajo artesanal hasta su muerte en julio de 1935. Para entonces, no sólo el anarquismo sino cualquier forma de disidencia, de pensamiento libre, había sido anu­lada en la Unión soviética. Iniciada ya en tiempos de Lenin, la empresa totalitaria, hoy abarca naciones enteras y seduce las conciencias fatigadas por la imperfecta democracia. En esa empresa cuenta mucho, desde luego, lo que no se cuenta: la historia desconocida de la Revolución. Los testimonios y los análisis no marxistas de la historia de la revolución soviética, sean de anarquistas o de hombres de cualquier otra tendencia, se han abierto difícil mente camino, cercados por una propaganda ininterrumpidamente soste­nida por la industria productora de ideología. Frente a la partidarización totalitaria de la Historia que pro­cura aniquilar todas las versiones que no concuerdan con el catecismo marxista-leninista, el libro de Volin rescata del silencio una de esas líneas, y el sentido de muchas voces: las voces de los anarquistas que pre­cedieron –hay que decirlo porque hoy esto se olvida demasiado– a las de los trosquistas, los desengañados del Partido, los anti estalinistas, los disidentes, como Serge o Sájarov. En realidad, desde los tiempos en que los hijos de Marx desterraron de la Internacional a los hijos de Bakunin, el comunismo autoritario y totalitario había empezado a sentar las bases de una nueva dictadura basada en la alianza de la ideología, la burocracia y el ejército. Y una vez más la Historia sería el monumento consagratorio del Poder que no tolera discrepancias. Volin, La revolución desconocida (Historia del silencio bolchevique). Prólogo de Rudolf Rocker, Editores Mexicanos Unidos – Ediciones Minerva, 443 páginas, México, 1984. Publicado en Polémica, n. º 17, mayo 1985

https://jjmlsm.wordpress.com/2015/08/11/los-anarquistas-y-la-escoba-de-hierro-bolchevique/

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